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Fue de esos músicos que dejan, además, una forma de escuchar y de sentir el género que representaron. Su nombre quedó ligado para siempre a una etapa decisiva del tango, aquella en la que tradición y renovación comenzaron a encontrarse.

Nacido en Rojas el 15 de septiembre de 1925, empezó a estudiar bandoneón a los 11 años. Buenos Aires lo recibió en 1943 y, poco después, llegaron los primeros grandes nombres: Juan Carlos Caviello, Juan Canaro y, fundamentalmente, Alfredo Gobbi. Con este último ocupó un lugar destacado en una orquesta que hizo de la sutileza, la síncopa y el fraseo una verdadera declaración estética.

Garralda no fue un músico de paso. Integró también las formaciones de Mario Demarco, Julio De Caro y Miguel Caló, recorrió Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador, y acompañó a figuras como Alberto Marino, Roberto Rufino, Alberto Podestá y Alberto Morán. Pero su inquietud no terminó en la interpretación.

Como compositor dejó obras como La zapada, Sin vuelta de hoja, Mensaje a la ciudad, Latido de Buenos Aires y Los duendes nocturnos. En sus últimos años siguió escribiendo, tocando y reuniéndose con músicos que reconocían en él a uno de los últimos grandes exponentes de aquella guardia renovadora.

Murió en Buenos Aires el 1 de marzo de 2017, a los 92 años. Se fue un hombre de tango. Quedó su música, pero también algo más difícil de conservar: un sonido propia en medio de tanta música.

Autor: admin