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Antonio Tormo empezó en Mendoza, entre viñedos y bodegas, cuando todavía era un chico y la necesidad familiar obligaba a mirar más al trabajo que al sueño. Aprendió el oficio de tonelero y, acaso sin saberlo, también aprendió a escuchar la voz de una tierra que después llevaría por todo el país.

San Juan fue su otra patria. Allí conoció a Diego Manuel Benítez, “Diego Canale” en el escenario, y comenzó a cantar en fiestas familiares. Después llegó la “Tropilla de Huachi Pampa”, Buenos Aires, Radio El Mundo y aquellos años en que la radio podía convertir una voz desconocida en patrimonio popular.

Pero Tormo encontró su destino como solista. En 1948, “Amémonos” desató el fenómeno. Después vendrían “Mis Harapos”, “Mama vieja” y, sobre todo, “El Rancho e’ la Cambicha”, convertido en uno de los mayores éxitos discográficos de la Argentina.

Las colas para escucharlo daban vuelta las cuadras. En Colombia pidieron los discos del “Gran Tormo”. En Chile, su rostro viajó en los tranvías. En Montevideo, los locales quedaron chicos. Era mucho más que un cantor: era la voz de una multitud que había llegado desde las provincias y encontraba, en aquellas canciones, un pedazo de casa.

Después vino el silencio. Tras 1955, la censura lo apartó de los medios, pero no pudo borrar sus canciones. El público siguió reclamándolo hasta que los propios discos destruidos debieron ser recuperados de colecciones particulares.

Con los años, volvió. Y volvió como vuelven las cosas verdaderas: sin pedir permiso. El “Cantor de las cosas nuestras” había dejado una marca profunda. Como escribió Armando Tejada Gómez, el pueblo hizo a Tormo. Y quizá allí esté el secreto de su permanencia: Antonio Tormo no solamente cantó al pueblo. Antonio Tormo fue, durante décadas, una de las voces con las que el pueblo se reconoció a sí mismo.

Autor: admin