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Manuel Romero conocía Buenos Aires como quien conoce una vieja canción. La había caminado, la había escrito y, sobre todo, la había escuchado. Desde adolescente, cuando comenzó a colaborar en "Fray Mocho", "Crítica" y "Última Hora", fue juntando esas pequeñas historias que después llevaría al teatro, al tango y a la pantalla.

El teatro lo ganó temprano. En 1919 apareció "Teatro breve", escrito junto a Ivo Pelay, y después vendrían cerca de ciento ochenta piezas. En 1922 llegó "El bailarín del cabaret", y con ella Ignacio Corsini hizo suyo "Patotero sentimental". El muchacho que escribía sobre Buenos Aires empezaba a encontrar su propia voz.

Después llegaron París, Gardel y aquella aventura llamada "Luces de Buenos Aires". Más tarde, Lumiton. Desde "Noches de Buenos Aires" hasta "El hincha", Romero filmó una y otra vez sobre el mismo territorio: el barrio, el amor, la pobreza, los amigos, el galán, el pícaro y, naturalmente, el tango.

Los críticos podían reprocharle la velocidad. Él seguía adelante. Sabía para quién trabajaba. Una noche, cuando alguien se burló de que en sus argumentos siempre terminara apareciendo un tango, Romero respondió que sí, que habría tango porque así lo sentía él y así lo sentía el pueblo.

Quizá allí esté la explicación de su obra. Romero no quiso pintar una Buenos Aires de salón. Pintó la que conocía. La de "Tiempos viejos", "Aquel tapado de armiño", "La canción de Buenos Aires" y "Tomo y obligo". La que reía, lloraba, cantaba y seguía andando.

Partió el 3 de octubre de 1954. Pero Buenos Aires todavía conserva algo de aquel hombre que supo convertirla en teatro, película y canción.

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