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Hay hombres que escriben la historia y otros que, casi sin proponérselo, la viven. Raúl Mario Hormaza, “Rulito”, fue de estos últimos. Nacido el 9 de septiembre de 1911 en Montevideo, llegó siendo niño a Buenos Aires y quedó para siempre ligado a San Cristóbal, barrio donde el tango respiraba en cafés, bares, confiterías, cabarets y calles.

Hormaza escribía desde pequeño. Primero fueron versos escolares y letras para murgas y comparsas; después, alrededor de 1940, llegaron las canciones y milongas. Su oficio de letrista nació al calor de amistades, escenarios y largas noches porteñas. También fue recitador, animador y bailarín de zapateo americano, mientras sostenía su vida cotidiana atendiendo un comercio.

Su memoria guardaba postales extraordinarias: llevó un telegrama a la casa de Carlos Gardel sin imaginar el destino de aquel hombre; conoció desde niña a Norma Fontenla y recordó las noches de Eduardo Arolas, Troilo y Zita.

Pero entre tantos recuerdos sobresale “Cien guitarras”. El poema, nacido como “Para la barra del tango”, fue musicalizado por Arturo Gallucci y convertido en una milonga que alcanzó enorme difusión en la voz de Julio Martel y Carlos Dante junto a la orquesta de Alfredo De Angelis.

También dejó “El Nene del Abasto”, “El divorcio”, “Pleito malevo”, “Testamento de arrabal” y muchas otras páginas donde el lunfardo, la calle y los personajes reales encontraron su propia música.

Su actividad tanguera concluyó hacia 1970. Murió el 13 de junio de 2002. Quedó, sin embargo, aquello que mejor supo hacer: convertir la vida de la noche porteña en versos y dejar en ellos una memoria del pueblo, sus alegrías, sus penas y sus personajes.

Autor: admin