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Córdoba fue la cuna de Gustavo Adolfo Martínez Zuviría, pero la posteridad lo conocería por otro nombre: Hugo Wast. Bajo ese seudónimo construyó una carrera literaria que alcanzó cifras extraordinarias de ventas y lo convirtió en uno de los narradores argentinos más leídos de la primera mitad del siglo XX.

Su vocación apareció temprano. Mientras estudiaba Derecho en Santa Fe, escribía novelas, poesía, teatro y ensayos. En 1911 publicó «Flor de durazno», una historia que conquistó al público y llegó al cine en 1917. La adaptación, dirigida por Francisco Defilippis Novoa, quedó ligada a un episodio memorable: marcó el debut cinematográfico de Carlos Gardel.

El éxito editorial acompañó una vida de intensa actividad pública. Fue diputado nacional, presidió la Comisión Nacional de Cultura y dirigió la Biblioteca Nacional durante casi un cuarto de siglo. En 1943 asumió como ministro de Justicia e Instrucción Pública, desde donde impulsó la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas.

Su producción incluyó títulos como «Valle Negro», distinguida por la Academia Española, y «Desierto de piedra», reconocida con el Premio Nacional de Letras. Sus libros circularon por distintos países y, al momento de su partida, el 28 de marzo de 1962, se habían vendido más de tres millones de ejemplares.

Sin embargo, el paso del tiempo también modificó la lectura de su legado. Sus posiciones políticas y el contenido de algunas obras alimentaron cuestionamientos que persistieron durante décadas. Así, Hugo Wast permanece como una figura inseparable de las tensiones de su época: un autor de éxito masivo cuya trayectoria literaria y pública continúa suscitando debate y admiración por igual.

Autor: admin