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Fernán Silva Valdés llevaba en la sangre un paisaje. La infancia transcurrida en Sarandí del Yi, las estancias, el gaucho y sus costumbres le dieron un sentimiento de pertenencia que ninguna vida ciudadana pudo borrar. «Martín Fierro» y «Fausto» fueron sus primeras lecturas; la llanura, una escuela que siguió frecuentando aun cuando la literatura lo reclamaba desde Montevideo.

Con «Agua del tiempo», publicado en 1921, abrió una senda renovadora. Junto a Pedro Leandro Ipuche, ayudó a llevar la poesía criolla hacia el nativismo, sin renegar de las raíces, pero buscando otra música para decirlas. «Intemperie», premiado en 1930, confirmó la hondura de una obra que también encontró expresión en el teatro y el ballet.

Pero Silva Valdés tenía otro territorio: el tango. Comprendió que aquella música nacida en el pueblo merecía consideración artística y que, además de bailarse, había aprendido a cantar. Con Gerardo Matos Rodríguez escribió «Margarita punzó» y «Yo tuve una novia». Con Juan de Dios Filiberto alcanzó una página perdurable: «Clavel del aire», poesía hecha canción, de esas que parecen haber estado siempre entre nosotros.

Carlos Gardel le grabó «Clavel del aire» y «Querencia». El poeta lamentó que no hubiera sido más extensa aquella relación.

Miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay y fundador de AGADU, recibió en 1970 el Gran Premio Nacional de Literatura. Partió en Montevideo el 9 de enero de 1975, pero su voz siguió andando por los libros, los escenarios y los bandoneones. Como los hombres de su tierra, dejó huellas que el viento no pudo llevarse.

Autor: admin