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La historia de Carlos Andrés Bahr tiene algo de novela porteña, de esas que se escriben sin testigos y se recuerdan por sus huellas. Nació el 15 de octubre de 1902, en La Boca, y encontró en los libros una compañía temprana. La vida, sin embargo, no le ofreció caminos cómodos. La desaparición de su padre durante la Primera Guerra Mundial golpeó a la familia y lo empujó a conocer, demasiado pronto, las intemperies de la calle.

Autodidacta tenaz, lector voraz, supo abrirse paso entre privaciones y desvelos. Escribió cuentos, teatro y poesía, hasta que el tango terminó por reconocerlo como uno de sus hombres necesarios. Con Roberto Garza alcanzó sus primeros éxitos: «Fracaso» y «Maldición». La década del cuarenta, pródiga en grandes creadores, encontró en Bahr a un letrista de sensibilidad fina, capaz de decir mucho sin recurrir a los golpes bajos.

Su encuentro con Enrique Francini dejó una página perdurable: «Mañana iré temprano», tango que la orquesta de Miguel Caló, con Raúl Iriarte, convirtió en una registro memorable. También escribió junto a Héctor Artola, Armando Pontier y otros músicos fundamentales, siempre atento a las penas del amor y a los latidos de Buenos Aires.

Pero la popularidad no se tradujo en una vida holgada. Para sostener a su familia, fabricó cuadros con mariposas disecadas y comercializó porcelanas. No negoció sus principios para defender sus derechos autorales. Prefirió la austeridad a renunciar a su ética.

Partió el 23 de julio de 1984. Legó sus tangos, multiplicados en discos y voces, como testimonio de un escritor que hizo de la sencillez un arte y de la palabra una manera de perdurar.

Autor: admin