UN EMBLEMA SEMPITERNO DEL TANGO DANZA: Luis Grondona, el guardián de un canyengue que volvió a latir | El Tordo Gotán
Desde las milongas del sur del conurbano hasta los escenarios del mundo, hizo del abrazo y el andar pausado una marca propia. Junto con su esposa, Mirta Sol, rescató una manera de bailar que parecía condenada al olvido.
El tango marcó el rumbo de su vida. Luis Grondona, nacido en Mar del Plata el 23 de octubre de 1938, encontró en Avellaneda el territorio donde echar raíces en la danza. Apenas contaba 13 años cuando ya se movía al compás de las orquestas y frecuentaba clubes de barrio, entre ellos el Sportivo Valentín Alsina, donde la milonga era escuela.
Su talento lo llevó a bailar con la orquesta de Juan Canaro. También recibió de César «Tito» Lusiardo enseñanzas fundamentales para dominar los frentes del escenario, un aprendizaje que acompañaría su recorrido artístico.
Pero su huella más profunda quedó ligada al canyengue. Junto con Mirta Sol, construyó una forma singular de interpretar el tango danza: el cuerpo apilado, el abrazo firme y ese andar cansino que parecía conversar con cada compás. No era solamente una manera de bailar; era recuperar una memoria de la danza que amenazaba con perderse.
Los viajes por el exterior le dieron reconocimiento y respeto. Dejó registros en exhibiciones junto a Marta Antón, en el Canal Solo Tango y en el material didáctico «Los Reyes del Canyengue», realizado con su compañera de vida y de pista.
De humor fresco, mirada franca y espíritu pícaro, Grondona enseñó a generaciones y compartió sus conocimientos con generosidad. Sombrero y lengue mediante, volvió a poner en escena una tradición relegada.
Su aporte excede los aplausos: ayudó a devolverle presente a un baile nacido de otras épocas. En cada abrazo que recupera aquel pulso arrabalero, su enseñanza sigue encontrando inspiración.
El Tordo Gotán
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